Con apenas seis semanas de vida, Kaiba Gionfriddo comenzó a
ponerse azul. Había dejado de respirar.
Su padre, Bryan, presionó su pecho con fuerza para que
ingresara aire a los pequeños pulmones de su hijo.
Pronto fue llevado a un hospital local, donde los médicos
concluyeron que había entrado líquido o comida a sus pulmones y eventualmente
le dieron el alta. Pero dos días después, se repitió la terrible escena.
Comenzaba el martirio y la agonía diaria para la familia de Youngstown, Ohio.
